Europa
Domenica 18 Agosto 2019
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Un lobo argentino bajo la piel de una oveja española

28 April, 2010 | ElCanillita.eu | Tema: TAPA

Barcelona, 28 de Abril 2010
En el libro “Matar en Barcelona”, publicado recientemente por la casa editorial Alpha Decay, doce autores transforman en novelas doce crimenes realmente ocurridos en Barcelona, inspirandose en cronicas de los diarios y otros testimonios.

¿Pero cuantos apasionados tras los lectores del género y tras los mismos co-autores de la antología, saben que el escritor (periodista) Raul Argemi, el “veterano del grupo”, es un auténtico y experto homicida, que podria contar en primera persona el asesinato del Juez Jorge Vicente Quiroga, porque él mismo lo cometió en Buenos Aires, el 28 de Abril del 1974?
Por ese delito fué procesado, juzgado culpable y condenado a 25 años de prisión, que no descontó gracias a un indulto de un presidente condescendiente.

¿Que cosa se sabe del Argemi en Europa ?

Nació en La Plata a mediados de los 40, y ahora vive en Cataluña. Emigró después de cobrar una buena indemnización del estado argentino. Ha ganado en España y Alemania varios premios con sus novelas negras en las que una y otra vez “rememora su odisea en los campos de exterminio de la dictadura argentina”, y en las que describe con extraordinaria realidad, oscuros asesinos cometidos a sangre fría.

Los críticos literarios suelen decir de él: “se nota que la ha vivido”. Y tienen razón.

Pero hay cosas de él que los críticos gustan esconder con eufemismos, como si la sinceridad cruel de la verdad completa les apretara la conciencia profunda, esa que nos grita desde bien adentro lo que está mal, aunque intentemos ahogar su grito.

Esto dice sobre él una crónica española reciente:

“Con poco más de veinte años, siendo todavía un joven estudiante, actor y autor dramático, Argemí inició su lucha contra la dictadura argentina, lo que le llevó a la cárcel en 1974. Estuvo preso diez años, dos de los cuáles los pasó en los pabellones de la muerte. Vinculado desde muy joven al mundo del teatro, al recuperar la libertad entró de lleno en el mundo de la prensa y la cultura. Rotas las esperanzas y ante la perspectiva de un país a la deriva y sin futuro, en 1999 se vino con su hija a España. Y dice Si hay que volver y morir, se vuelve. La muerte no importa. Pero que sirva para algo. Me fui de Argentina porque me estaba poniendo violento”.

¿No es conmovedor?… Un idealista talentoso, miembro de una generación romántica que quiso cambiar la Argentina combatiendo a la dictadura… ¡casi un cuento de hadas!…(Basta ver la Argentina hoy).

Pero ésta es la realidad de los hechos que nunca ha contado el Argemi, para no desenmascarar su mentira.

A las dos y media de la tarde de un 28 de abril de 1974, Argemí venía en moto con Marino Amador Fernández por las calles frenéticas del centro de Buenos Aires. Desandaban la calle Viamonte esquivando gente y autos. En la esquina de Montevideo casi chocan contra el auto de un juez, que les tomó la patente.

Tal vez iban distraídos pensando en los datos que les había cantado, bajo tortura, el Dr. Carlos Alberto Bianco, al que tenían secuestrado desde hacía varios días. La moto hizo una maniobra extraña y frenó justo a la altura del 1506 de la calle Viamonte. Desde calle Paraná venía cruzando, puntual, el juez Jorge Vicente Quiroga. Él también iba aquella tarde al 1506 de Viamonte a visitar a su amigo Rébori.

Marino Amador Fernández y Raúl Artemí lo sabían perfectamente. Lo dejaron pasar, y entonces Artemí o Fernández, o los dos, se bajaron de la moto, sacaron sus metralletas Halcón como por arte de magia, y lo acribillaron con 14 balazos a quemarropa… con esos balazos el ERP intentaba vengar a sus camaradas enjuiciados por Quiroga. Si bien el neopresidente Cámpora los había indultado a todos.

Quiroga cayó en agonía, los asesinos subieron a la moto y salieron a toda velocidad mientras la gente huía despavorida. Quiroga se desangra en la vereda, y agonizará dos horas más tarde en el hospital Rawson antes de convertirse en mártir de la justicia argentina.

El testigo del auto frena, y le pasa a la policía la patente de la moto… y con ese dato, la policía de Perón llegó en pocas semanas hasta la calle Fragata Sarmiento 1071 en Ramos Mejía. Allí encontraron un rastrojero robado, preparado con una bomba de 3 kilos de trotyl, un indicador eléctrico mecánico de activación, una ametralladora Halcón cargada, una falsificadora de credenciales, papeles del ERP, miles de proyectiles y un cuaderno con los datos de un funcionario judicial secuestrado: el Dr. Bianco.

Conclusión: Argemí, Violeta Ana Moratto y Fernández, fueron acusados por el homicidio del ex juez Quiroga, por tenencia de armas de guerra y de explosivos, acopio de municiones, asociación ilícita calificada y uso de documentos falsos en concurso real. Y se les sumó luego la sentencia por el homicidio de Quijada, total: 25 años.
Pero por distintas amnistías y reducciones de penas, fueron excarcelados el 15 de agosto de 1984.
La causa pasó por varios juzgados y durante los diez años que estuvieron detenidos cumpliendo la sentencia, fueron defendidos por el Dr. Broquen con todas las garantías. Todas ¡Vaya campo de exterminio más extraño!

Pero visto que hoy tratamos historias de crónica negra, es un deber recordar también el homicidio del contralmirante Hermes Quijada:

El 30 de abril de 1973, en pleno centro de Buenos Aires, un guerrillero del ERP, Víctor Fernández Palmeiro, español de 24 años, lo asesinó fríamente. Las semejanzas entre los dos asesinatos aquí narrados son notables.

La revista “Liberación por la Patria Socialista” en su Nro. 19, del 1974, órgano de prensa del ERP-PRT, narró así el asesinato de Hermes Quijada:

“TRELEW: LA IDEA FIJA.
Lunes 30 de abril de 1973. A las 9 hs. el chofer está con el auto listo. A las 9,10 hs., Quijada sube y salen. En Junín doblan a la izquierda en dirección a Santa Fe, pero esta vez la moto ha recibido la señal correcta y ya está arriba de ella los que vengarán a los muertos de Trelew.

Con el Gallego habíamos decidido que el momento de inicio de la operación lo determinaría que se detuviera el coche de Quijada, que quedara en posición como para que nos metiéramos por el costado derecho y que tuviéramos espacio para seguir después con la moto. Apenas pasamos Santa Fe por Junín, nos pusimos cerca. En Córdoba los semáforos lo pararon, pero el Dodge quedó en el medio de otros dos coches. Esperamos. En Corrientes pasamos con luz verde y había dos motos de la policía detenidas. En Sarmiento lo agarró el semáforo. Acá, dijo el Gallego.

9,15 hs., la moto se acerca por detrás al Dodge blanco que está detenido sobre Junín a 15 metros de la esquina, disminuye su velocidad y el Gallego salta empuñando una ametralladora. La moto pasa por el costado derecho del coche y frena unos metros más adelante. Y ya está el Gallego al lado de la ventanilla derecha.

Quijada: una fracción de segundo para ver al joven alto, morocho, de anteojos, con una campera azul que le apunta con una ametralladora y una fracción de segundo para pensar que debería tomar la ametralladora que lleva sobre sus rodillas con las mismas manos con que empuñó aquel puntero que le sirvió para explicar lo de Trelew. Una fracción tan pequeña que la orden no llega a los músculos que deberían ejecutarla porque el fogonazo en el caño de la Halcón le dice que ya comenzaron a entrar en su pecho los primeros balazos y ya empezó a morirse.

El chofer: abrió la puerta de su lado y con la otra mano tomó la pistola que llevaba bajo la pierna disparando un tiro hacia el joven que atacaba mientras su cuerpo cae hacia la calle.

Gallego: asegura el tiro de gracia a Quijada. Las ráfagas que en vez de atravesar a lo largo del asiento delantero para poner fuera de combate a los dos, se incrustan en un solo destinatario.

Sólo tengo un pantallaza porque todo fue muy rápido. Detuve la moto. Al largarse el Gallego nos desviamos hacia el costado y la palanca de cambio pegó contra el coche, y se torció. Quise enderezarla y se partió.
La moto quedó en segunda y ya no podía hacer cambios de velocidad. Me di vuelta y vi al Gallego haciendo fuego; a la puerta del lado izquierdo del coche que se abría; una mujer que se fue sobre un kiosco de revistas y tiró abajo varios estantes; un Fiat 1500 que salió violentamente haciendo chirriar sus gomas contra el pavimento… La puerta derecha que también se abría y el Gallego recamarando la ametralladora.

Después ya venía hacia la moto. La segunda ráfaga que alcanza al chofer en la mano con la que tiene la pistola y las otras que buscan al contralmirante en la cabeza y en el pecho. El peso de su cuerpo cayendo sobre la puerta y abriéndola y la Halcón que se traba después de ocho tiros. Y el Gallego que dirán los testigos que sonríe, pero es que recibió un tiro del chofer y lo acusa con un rictus de dolor.

Quijada ya está muerto; unos pasos hacia la moto que espera en marcha.

Cuando el Gallego se subió no sentí más tiros, aunque los diarios dijeron que un policía que pasaba por allí nos disparó. Entre el ruido de la moto y el del tránsito escuché lo que el Gallego decía. Y me puse contento porque pensé que en ese lugar le había puesto todas las balas a Quijada. Cuando tomamos Pueyrredón noté que venía mal agarrado. Le grite que se afirmara mejor, y allí me dijo que tenía un balazo en el estómago. Entonces cruzó los brazos por encima de mis hombros y se reclinó sobre mí.

Llegamos hasta Pueyrredón y Libertador; había un embotellamiento del tránsito y la moto se paró. No podía ponerla en marcha de nuevo porque la palanca de cambios estaba rota, así que la dejamos en una plazoleta
y ayudé al Gallego a caminar hasta el auto que esperaba en la playa de la Facultad de Derecho.

El Gallego Palmeiro recibió en la acción donde ajustició a Quijada, un balazo en el estómago sin orificio de salida. Conducido a una casa, murió cuando se lo iba a trasladar para intervenirlo quirúrgicamente. Su primera pregunta al llegar a la casa había sido: ¿Lo maté? Y cuando los compañeros que ya lo sabían por la radio le informaron que sí, dijo: ¡Los vengué!

Los diarios de la época informaron profusamente de la muerte de Quijada. Lo que no dijeron, es que a partir de ese 30 de abril, el Gallego Víctor José Fernández Palmeiro, junto a los dieciséis mártires de Trelew, empezaba a vivir en el corazón de su pueblo.”

Leyendo la crónica del ERP, no es necesario ser erudito para constatar que un asesino frío y calculador estaba haciendo sus primeras letras en la novela negra policial.

Horacio Ricardo Palma – Columnista del diario “Gualeguay al día”
Nota: Agradezco al Dr. Rafael Sarmiento, ex juez que enjuiciara a Argemí y autor del libro “El revés de la toga”, de donde he obtenido los datos de la causa.

Fuente: El Periodico.com – Editorial Alpha Decay – Horacio Ricardo Palma – El revés de la toga, de Rafael Sarmiento
Información de dominio público

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